Los ojos sin rostro (1959)

Creo que una película de horror puede merecer la pena, si es que ha sido realizada por alguien como Georges Franju (Francia, 1912-1987). La palabra horror, sin embargo, suena a veces arruinada, hasta el punto en el que implica falta de criterio y adolescencia. Es cierto que las fuentes gore y de terror suelen ser los mejores fermentos para que un cineasta joven ruede por primera vez (The Blair Witch Project, 1999, es un ejemplo inmejorable de este tipo de aventura, y lo mismo se ha visto en Tesis, 1996, de Alejandro Amenábar). De esta manera, ya sea por medio de la fórmula repetitiva del desvío inesperado en la carretera rural, mansión encantada incluida, o por la aparición de un cuchillo empapado de la sangre de vírgenes que mueren en serie, el género de horror ha caído en un fondo ciertamente merecido, en el que no deja de desfallecer gracias al poco ímpetu que Hollywood ha demostrado desde la década del 70 y al plagio de sus malas artes desperdigado por el mundo, en el que sin duda el nuevo cine de horror japonés lleva la delantera con películas a las que les hace falta un motivo para ser, como son los casos de Ringu (El anillo, Hideo Nakata, 1998) y Ju-on (La maldición, Takashi Shimizu, 2000).
Les yeux sans visage es un filme que precede a los dos últimos por casi cuarenta años y en el que Georges Franju juega con el elemento básico de la sugestión: el miedo hacia lo incógnito, apelando, de la misma forma, al lirismo y a la exageración de la realidad, un absurdo cruento, llevado al límite, pero visualmente poético debido al contraste entre misterio (personificado por la máscara que oculta el rostro de la joven Christiane) y las emociones que desata aquel rostro perdido y anhelado.
A diferencia del modo ramplón del cine de horror actual, donde el sadismo es omnipresente, Franju elige puntos exactos para la crueldad que veremos en la pantalla, como si de una necropsia se tratase, nos cuenta paso a paso. Esta es un punto fundamental, y una cualidad que merece imitarse, porque si de algo adolece el cine que nos obligan a ver hoy por hoy –y por ende muchos directores contemporáneos-, es de capacidad narrativa.
Cuando era estudiante de imagen, solía estrellarme contra un armario, ya que nunca percibí una reacción de parte de mis compañeros de clase en los momentos que se planteaba este tema; con el tiempo me he inclinado a pensar que la culpa de esta mala tendencia la tienen el efectismo del mundo audiovisual moderno y la falta de preparación literaria de los nuevos realizadores. Ante todo, un director de cine debe valorar un proyecto cinematográfico no por su potencial visual sino por su verdad narrativa. Es decir: en el cine importa más una historia que una imagen, pues estamos hablando de una narración. Otro camino es el “cine puro” que practicaron, por ejemplo, los hermanos Lumière, accidentalmente, y Maya Deren, conscientemente. Pero cuando hablamos del cine que conocemos, de contar una historia con un principio, cuerpo y desenlace, no podemos, ni mucho menos debemos, ligarnos a la parte visual por encima del guión, pues un buen guión ya comprende las ocurrencias visuales sin necesidad de superabundancias, así como sucede en Les yeux sans visage, donde la sensibilidad del espectador no resulta burlada abusando de efectos visuales y sonoros que cubren las dolencias de una narración endeble.
Ocultar y sugerir, antes que mostrar, esas son las condiciones en un arte que precisamente tiene su talón de Aquiles en el punto que lo hace diferente a otros oficios: el campo visual. Como un ladrón que no cubre sus huellas, una película que muestra toda su superficie y no deja grietas oscuras para la imaginación está acabando con su propia suerte.
Siempre he pensado que toda película que se respete debe ser un film noir, un cine negro, porque sólo en la oscuridad se encuentra la combinación que abre el cajón de las soluciones que desconocemos. Les yeux sans visage es noir: una joven desfigurada, un cirujano que ama a su hija y es capaz de transformarse en un criminal que no escatima en excesos, una casa donde viven enjaulados perros y aves, pero ante todo una máscara. Georges Franju nos fascina con lo que oculta y, por el contrario, no trata de manipularnos con las incisiones teñidas del Dr. Génessier. Creo que la escena final lo corrobora: los ojos sin rostro caminando libres en una noche muerta. A eso yo le llamo verdadero horror. A eso es a lo que me refiero cuando escribo esto.

Les yeux sans visage (Los ojos sin rostro, Eyes Without a Face - Francia, 1959)
Director: Georges Franju
Guión: Pierre Boileau, Pierre Gascar, Thomas Narcejac
Actuaciones: Pierre Brasseur, Edith Scob, Alida Valli
