Cámara limpia: Abbas Kiarostami
Abbas Kiarostami (Irán, 1940) tiene una filosofía que puede arrastrar cuerpos sin abofetear ninguna cabeza. Al pensar en él solamente se me ocurre la imagen de un bonsái, así de simple y así de absoluto en una pequeña maceta. Un cine decodificado, que se elimina a sí mismo gradualmente y que ha preferido valorar el estado elemental del hombre.
Creo que es universal, aunque sus películas no finjan para todo el mundo. Es cierto que puede llegar a inquietarnos en su intento por confundirse con la vida, no obstante, esa es la característica que lo contrapone a la corriente, porque la realidad que busca Kiarostami es exclusivamente pura. Mostrar la realidad y aceptarla en su forma más franca, minimalista, con la intimidación que transmite una cámara, claro, pero intentando a toda costa filmar una libertad fiel, sin el condicionamiento de la técnica y los efectos especiales de alto voltaje, acompañado de actores no profesionales, que se convierten en los mejores intérpretes de sus propias vidas. En eso se acerca al cinéma verité y al documental, pero este cine va más lejos debido a la estructura de vanguardia que implementa, contando historias sin un final marcado, evitando variedad de ángulos, simplificando al máximo las tomas al igual que un autor de la nueva ola francesa, prefiriendo, asimismo, la edición salteada que quebranta el ritmo usual.
Debe haber una razón para mover una cámara y una razón para estacionarla, eso nos dice Abbas Kiarostami con su simplificación. El cine de Kiarostami no abusa de la música. Los apogeos y las crisis se frenan, nunca se convierten en las fugas de un piano que imponen la risa desbocada, la lástima o la tensión entre dos figuras. La banda sonora imperceptible es la que le da mejores resultados. Pero nada de esto supone un odio a la música, por el contrario, es más bien una curvatura en la recta, una manera de crear otra manera. Así como la música no sobresale, una gran toma no sobresale y un actor hace lo mismo. Ese es el cine real, que muestra la vida tal y como se presenta.
En una película de Kiarostami el espectador desentraña y crea un binomio particular. El director no es quien dicta la interpretación. Según está llave, una película no se hace para entenderse de cierta forma. En realidad, Kiarostami quiere decirnos que existen tantas lecturas posibles como las hay en la poesía. Es aquella relación espectador/autor la que dispara sus películas temáticamente, abriendo múltiples dimensiones a lo que otros consideran una obra ya sentenciada por su cuerpo narrativo. La narrativa, en el caso de Kiarostami, no decreta la función final de la película, lo hace, más bien, la explicación que el público concibe a partir del visionado de las imágenes.
Un autor como Kiarostami demuestra un sentido, el único sentido, pienso yo, ese que dicta que un artista debe guiarse a sí mismo sin el peso de lo que significa cargar los costales de condiciones. Cuando se convierte en un director imposible, es porque cree en el ser humano como tal, así como es el protagonista de Close-up, y lo filma sin más herramientas que sus silencios y omisiones. Kiarostami entiende que la vida se compone también de esas piezas y no intenta montar un plan de escapatoria para seducirnos, o siquiera para complacernos.
Filmografía recomendada:
¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987)
Close-up (1990)
Y la vida continúa (1992)
A través de los olivos (1994)
El sabor de las cerezas (1997)
El viento nos llevará (1999)
Diez (2002)
Cinco dedicadas a Ozu (2003)

J.L.Bueno dijo
Estoy de acuerdo con todo lo que dices. Hace poco vi El viento nos llevará y comprendí por qué se han acercado él y Víctor Erice. Muchas de tus afirmaciones son aplicables al director español.
Un saludo.
12 Marzo 2006 | 01:04 AM