Publicidad:
La Coctelera

K I N O raggio

Cuaderno de cine

14 Marzo 2006

¿Crash?

La palabra crash (como sustantivo y no como verbo) puede significar: (i) colisión, (ii) estrépito o (iii) quiebra. Aunque me atraen todas sus acepciones, no creo que ninguna de ellas se ajuste a la película que ha puesto en la estratosfera el nombre: Crash (Paul Haggis, 2004). No hay que olvidar, sin embargo, ya que nos adentramos en la tierra de las vidas cruzadas, que esta no fue la primera Crash, pues David Cronenberg, un canadiense con mayores habilidades que Haggis, dirigió un film del mismo nombre a mediados de los años 90, una obra menor de su filmografía que parte de la premisa de que los accidentes automovilísticos ocasionan una oscura excitación sexual y que, increíblemente, obtuvo el premio del jurado del festival de Cannes de 1996 por su “originalidad y audacia” (sí, habas).

Lo he dicho siempre en reuniones llenas de film-buffs y entendidos, aunque, de hecho, me ha costado el repudio de maestros y aprendices de cine que me han designado como un enemigo del sistema por opinar en contra de una tradición, que no creo ni tengo la más remota afición por la Academia o por sus premiaciones (queda claro). Sin ir más lejos, la última vez que encendí el televisor para ver una ceremonia del Oscar fue en 1995 y, a pesar de que Braveheart, definitivamente, no me causa tantas alergias oculares como Titanic o Gladiator, decidí no dejarme influenciar por una ceremonia tan poco honesta y fundada en la política perjudicial de las concesiones.

Desde que empecé mi relación con el cine, muchas personas me hacen la misma pregunta acerca del Oscar: ¿Cuál es tu opinión? Usualmente digo que no le presto atención a esas cosas, y ha llegado a ser muy cierto, porque de un tiempo a esta parte no suelo enterarme de los ganadores hasta un par de días después (lo que acostumbra procurarme dos días de orden y equilibro en contraste con el dolor en las sienes). Si no ahondo, es porque pienso que no merece la pena, pues no deseo discutir con un familiar o con un conocido que entiende el cine basado solamente en la tela de araña que Hollywood ha hilvanado, una tela que, conforme pasa el tiempo y, sobre todo, a causa de la abundancia de cabezas de estudios diplomadas en marketing, acentúa su perversión y absolutismo.

Desde luego, no es nada nuevo que la Academia es nociva para el autor y para el arte del cine, aunque entre sus consignas principales se lean imaginaciones como que “fue fundada para avanzar las ciencias y las artes cinematográficas” o “para reconocer los logros más sobresalientes”. Si en un principio la Academia fue organizada por artistas y productores de la edad de oro, las estrellas originales y los antiguos moguls, hoy se ha convertido en un contubernio dirigido hacia intereses realmente desagradables. Y no es que en sus inicios se haya tratado de un oráculo de maravillas, sin embargo, existe una diferencia marcada entre la Academia antes y después de los grandes conglomerados empresariales, que en la segunda mitad del siglo XX tomaron Hollywood luego de la desaparición de los primeros productores de cine de Los Ángeles.

Una de las cosas que más me sorprende cada vez que escucho los comentarios internacionales sobre una nueva premiación no es precisamente el derrotero de la Academia, ya comprobado y sabido, sino la sorpresa de los supuestos críticos de cine (de críticos no creo que tengan mucho porque varios de ellos solamente se dedican a reseñar películas de la forma más elemental: trama, personajes y anécdotas, sin conocer el ABC del cine) que se rasgan las vestiduras cuando Crash obtiene el mayor premio por encima de cuatro películas sobrevaluadas que no enriquecen el arte (no me voy a aburrir: veamos, el cine no es una industria, ese es un cuento angelino) y que perpetúan la confabulación hollywoodense. ¿Por qué el asombro?, me pregunto.

No entiendo qué se puede esperar de una institución que se ha caracterizado por quebrar constantemente sus propios eslóganes y que, aun dentro del universo estadounidense, convoca a uno de los premios más injustos en el ámbito cinematográfico. Una premiación a puertas cerradas e incrustada en la ciudad de Los Ángeles –ya que sólo una película vista en una sala de cine de Los Angeles County puede participar en el Oscar, además debe haberse comercializado y publicitado (uno de los verbos ingleses que se utiliza en el reglamento oficial es mucho más rico, permítanme: exploited) durante su circulación angelina bajo las formas acostumbradas por la Industria (es decir, campaña millonaria, featurettes, entrevistas, controversias pagadas, etc.)– y en la que sólo pueden votar los miembros de la Academia, que son los ganadores y nominados pasados y empresarios de Hollywood, que abogan por sus productos y se reeligen entre ellos mismos. Habría que preguntarse qué tan independientes son Lions Gate Films y sus ejecutivos.

Al ganar el premio a la mejor película, Crash sólo ratifica la esencia sucia de Hollywood y amplifica su papel de la vil máquina hacedora de movies, que incluso va en contra de sus propias revelaciones artísticas al crear diferencias y obstrucciones entre las películas que se producen en los Estados Unidos. Me pregunto otra vez, ¿debemos tomarlo en serio?

Personalmente, creo que no.

Si alguien quiere seguir las premiaciones de la Academia y hacer pronósticos o juntar balotas, está en todo su derecho, no me opongo con una pistola cargada, y si se prefiere a Crash sobre cualquier película exhibida en Los Ángeles durante el año que concursó, pues es obviamente relativo y discutible, pero no perdamos los estribos ni esperemos las palabras de un mudo cuando los mudos no hablan. ¿Por qué? Mucho menos digamos que se trata de “la gran noche del cine” (¿?). Yo tuve grandes noches de cine muchas veces y puedo asegurar que no se parecen en nada a la del Oscar. Una fue la primera vez que vi Ran, otra, la primera vez que vi The Shining, y Últimas imágenes del naufragio, y la vez que vi Repulsion, I Vitelloni

servido por kinoraggio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Salvador Raggio | Lima, 1978 | Director de cine y guionista (University of Miami, donde también estudió Literatura). Ha sido alumno de Fred Goldberg (Jefe de campaña de películas como 'Some Like It Hot', 'Midnight Cowboy', 'The Last Tango in Paris', 'Annie Hall'), y de Paul Lazarus III (ex agente de Woody Allen). Ha ganado premios como director y guionista y editado la colección de cuentos cinematográficos 'Banda Aparte'. También preparó talleres de Introducción al Cine y Guión Cinematográfico para la fundación Pro Art International. Dirige la revista de literatura 'Los Noveles', cuando se hace llamar Salvador Luis. >>>>>>E-mail: salvadorluis@salvadorluis.net ----------------------------------------- Todos los textos (c) Copyright Salvador Raggio

Fotos

kinoraggio todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera