Ôdishon (1999)
Pensar en el trabajo de Takashi Miike (Japón, 1960) más allá del universo de sus Yakuza Films (cine gángster japonés) y de sus obras de horror y acción techno-pop, exige, sin duda, la reconsideración del concepto que se tiene sobre su arte. El punto flaco de Miike, si es que se desea atacar su temprana fertilidad, está en lo vasto de su filmografía, pues desde principios de los años 90 no se ha cansado de rodar, llegando, incluso, a ser una piedra en el zapato para sus seguidores cuando en una misma temporada estrena siete u ocho películas. Si bien gran parte de su obra yakuza no se esmera en superar los límites del género, es importante valorar la profundidad de algunos de sus personajes y la espesura de sus espacios en filmes como Fudoh (1996), Koroshiya 1 (Ichi The Killer, 2001) y Gozu (2003), sumadas a aquella habilidad para sorprender, una destreza que, en virtud de tantas películas bajo el brazo, ha sabido limarse respecto de la de sus contemporáneos hasta perfilarse como una de las claves del cine japonés de hoy. Prolífico es el adjetivo que mejor califica a Takashi Miike, un autor aventurero que invade distintos géneros, desde la comedia musical absurda (The Happiness of the Katakuris, 2001) y el cine de espada (Izo, 2004) hasta la comedia negra (Visitor Q, 2001). Audición, no obstante, es el thriller psicológico del desbalance, y la película que compendia muchas de las libertades y sutilezas de su autor.
Lo más relevante en las mejores películas siempre va de la mano con el suspenso, que es el secreto dramático por antonomasia. Así como en el primer párrafo de un libro, la secuencia introductoria de toda película debe decirlo todo y cubrirlo todo. Los puntos suspensivos (…) se encargan de juntar los retazos de toda gran historia, ya que una historia que se revele en la primera línea no merece contarse. Cuando el espectador se encuentra en ascuas desde el arranque, la experiencia visual podrá dilatarse hasta llegar a un punto de ruptura en el que el público sólo tendrá una opción: seguir los sucesos hasta el final. Audición, como todo gran filme, admite el suspenso en diversos bloques narrativos, creando hoyos negros intencionales que consienten una división en el cuerpo de la película y, por ende, más de una realidad. Estas dos realidades cinematográficas, ya como un conjunto asociado, se internan en el campo de lo suprarreal, y el filme, que empieza como un drama romántico catapultado por una idea deshonesta para hallar el amor perfecto, se descompone palmo a palmo con brochazos de horror y hedonismo, hasta internarse en las zonas más tenebrosas de las mentes enfermas de ambos protagonistas, Aoyama, un cuarentón solitario, y Asami, una misteriosa bailarina.
Takashi Miike es un maestro de la ilusión y sabe contrastar atmósferas para obtener resultados sorprendentes. La propia iluminación de la película se utiliza como divisor de los cuerpos narrativos, siendo en el cuerpo I expresamente brillante y el cuerpo II un segmento umbrío. Todo ello, claro está, para plasmar en celuloide los climas opuestos que requiere la historia: (1) la inocencia ciega y (2) la perturbación desmedida. Audición es un excelente ejemplo de cómo un guión, de estar bien escrito, puede llevar de la mano al cineasta y al director de fotografía, insinuando con palabras el sufrimiento del ser humano para, luego, transferirlo al campo visual. Se trata, además, de una película que nos acerca a la reflexión sobre la obsesión, la soledad y la angustia, y sobre aquello que, equivocadamente, pensamos que es el amor, pero no lo es.
Ôdishon (Audición - Japón, 1999)
Director: Takashi Miike
Guión: Daisuke Tengan (adaptación de la novela de Ryu Murakami)
Actuaciones: Ryo Ishibashi, Eihi Shiina, Jun Kunimura

¿ysiestaveztequedaras? dijo
Lo único que conozco de Miike es Audition que me fascinó y desagradó y el corto que presenta en Three extremes bastante diferente de la otra película
Un saludo!
23 Abril 2006 | 10:07 PM